Nací en un país donde la tierra es generosa y los amaneceres abrazan de tal manera que no quieres soltarte jamás, donde la gente sonríe de oreja a oreja y te recibe sin cartas de recomendación o preámbulo alguno.
Crecí en medio de casas coloridas, calles enigmáticas y a la vez mágicas, pueblos desbordantes de cultura y una exquisita naturaleza; sin ambargo, todo siempre acompañado de desigualdad, miedo e impotencia.
Mis sueños me sobrepasaron, sentí la necesidad de sacudirme el polvo de la alas para volar lo más alto posible. Dejé mi tierra, mi familia, mis amigos y todo aquello que me formó para emprender un nuevo camino, empezar desde cero en un lugar un tanto incierto que a pesar de ser tan diferente y a veces indiferente, me extiende los brazos para reconfortarme.
Ahora tengo una mezcla de sabores en el alma y un corazón extranjero. Si me preguntan de dónde soy, yo contesto: Soy de Extranjia.







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